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Me cansé de mi profesión: ¿cambio de rumbo o hay algo más?

Actualidad hace 2 horas

Después de veinte años en la misma profesión, el cansancio puede parecer una señal clara: cambiar de rumbo. Pero antes de dar ese paso vale la pena preguntarse qué es exactamente lo que se repite, día tras día, dentro de esa profesión.

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Cansarse de una profesión después de años no siempre significa haberse equivocado al elegirla. Muchas veces lo que agota no es la profesión en sí sino una escena puntual que esa profesión permite repetir todos los días, con distintos protagonistas y el mismo desenlace. Identificar esa escena antes de cambiar de rumbo no es una demora: es la diferencia entre una reorientación que resuelve algo y un cambio que traslada el problema intacto al lugar nuevo.

Cuando alguien lleva décadas ejerciendo la misma profesión y empieza a fantasear con abandonarla del todo, suele suponer que el problema está en la elección original: "no era lo mío". Pero conviene revisar esa idea antes de actuar sobre ella. Muchas veces lo que agota no es la profesión en sí, sino una escena puntual que esa profesión permite repetir todos los días, con distintos protagonistas y el mismo desenlace. Cambiar de rumbo sin identificar esa escena corre el riesgo de mudarla, intacta, al lugar nuevo.

La escena que se repite

Marcela tiene 52 años y es profesora de escuela secundaria desde los 26. Eligió la docencia con entusiasmo, la ejerció siempre en la misma materia, y hasta hace un par de años no se había cuestionado seriamente el rumbo tomado. Hoy fantasea con dejar todo y dedicarse a la traducción, algo que puede hacer sola, desde su casa, sin tener que lidiar con nadie. Cuando se le pregunta qué es específicamente lo que la agota, no menciona la materia que enseña, ni siquiera a los alumnos: habla de las reuniones de profesores, donde termina siendo, una vez más, la que calma los ánimos cuando dos colegas discuten; de los padres que llegan enojados y a los que ella "logra bajarles el tono"; de las direcciones que cambian cada tantos años pero que siempre terminan apoyándose en ella para resolver lo que nadie más quiere resolver. Hace memoria y encuentra la misma escena en su adolescencia: la hija que mediaba entre un padre y una madre que discutían todo el tiempo, la que lograba, con paciencia, que la casa no explotara.

Esto es lo que en psicoanálisis se piensa bajo el nombre de repetición: no la monotonía de hacer siempre lo mismo, sino el retorno de una misma posición relacional —en este caso, la de sostener la calma ajena a costa de la propia— en escenarios que a simple vista no tienen nada en común. La docencia, para Marcela, no fue una elección al azar: probablemente le ofreció, sin que ella lo supiera en su momento, un escenario perfecto para seguir ocupando ese lugar que ya conocía de memoria desde mucho antes de convertirse en profesora. Elegir una vocación no es solamente elegir una tarea; también es, muchas veces, elegir el tipo de escena en la que uno va a estar actuando durante buena parte de la vida adulta.

La pregunta que vale la pena hacerse

Aquí conviene distinguir dos preguntas que suelen confundirse. Una es: "¿elegí bien esta profesión?". La otra, más precisa y más incómoda: "¿qué escena vengo sosteniendo, dentro de esta profesión, desde hace veinte años, sin haberla elegido del todo?". La primera pregunta invita a buscar la profesión correcta, la que finalmente encajaría sin fricción. La segunda invita a mirar qué lugar viene ocupando el sujeto, más allá de cualquier título o especialidad, y qué costo tiene sostenerlo año tras año sin que nadie —ni siquiera uno mismo— lo haya nombrado como tal.

Cambiar de rumbo no siempre es la respuesta

Esto no significa que cambiar de rumbo esté de más, ni que toda reorientación profesional sea, en el fondo, una huida. Puede ser exactamente lo que hace falta. Pero si lo que agota es una posición que se repite —la que media, la que contiene, la que resuelve sin que se lo pidan— cambiar de profesión sin advertirlo tiene un riesgo concreto: la traducción solitaria que Marcela imagina como refugio bien podría, con el tiempo, empezar a llenarse de clientes que la llaman a deshoras porque "ella siempre resuelve todo", y la escena, otra vez, volvería a estar ahí, con otro nombre.

Nombrar esa escena no la hace desaparecer de un día para el otro. Tampoco convierte automáticamente en errónea la profesión elegida hace veinte, treinta años: muchas veces la vocación fue, y sigue siendo, genuina, y lo que pide revisión no es la elección sino el modo en que esa elección terminó sosteniendo algo mucho más viejo que la profesión misma. Distinguir una cosa de la otra —lo que se eligió y lo que se repite dentro de lo elegido— suele ser justamente el trabajo de una reorientación pensada en profundidad, y no solo el cambio de cartel en la puerta.

Si reconocés algo de esto en lo que estás viviendo, es un buen punto de partida para trabajarlo.

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