Psicoanálisis online

¿Por qué tardamos tanto en empezar terapia?

hace 2 horas

Un recorrido por los tres tiempos que describe Jacques-Alain Miller en "C.S.T." para pensar qué pasa entre el momento en que algo empieza a fallar y el momento en que finalmente se pide ayuda.

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La decisión nunca es el comienzo real del proceso, aunque se sienta así. Algo se quiebra antes —a veces semanas antes, a veces años— y ese quiebre, no el mensaje que finalmente se manda, es el verdadero punto de partida.

El caso de Nicolás: una reacción que no encajaba

Nicolás estuvo irritable en el trabajo durante meses. Todos a su alrededor tenían una explicación a mano —está estresado, está con mucho laburo— y él la aceptaba sin pensarlo demasiado, porque encajaba, porque no hacía falta mirar más. Su irritación formaba parte del paisaje, tanto como el mal humor de cualquier oficina en temporada alta. Hasta que una tarde una compañera le hizo una pregunta de lo más común, algo sobre un archivo, y la reacción de Nicolás fue tan desproporcionada que el primero en sorprenderse fue él mismo —se escuchó a sí mismo hablarle mal a alguien que no le había hecho nada, y no reconoció esa voz—. No pasó nada grave puertas afuera. Pidió disculpas, la compañera lo entendió, todo siguió. Pero esa escena se le quedó pegada de un modo distinto a los seis meses de irritación normal que la precedieron. Recién ahí, tres semanas después, escribió pidiendo una consulta —aunque, objetivamente, nada nuevo había pasado en esas tres semanas que no hubiera estado pasando, más o menos igual, desde hacía medio año.

Lo que dice Miller: la transferencia antes que la demanda

Jacques-Alain Miller, uno de los comentaristas más importantes de la obra de Lacan, tiene un texto breve —se llama "C.S.T.", incluido en el libro Clínica bajo transferencia (Manantial, 1985)— que ayuda a entender esa distancia entre lo que venía pasando y el momento en que se hace algo al respecto. Dice algo que invierte el orden que uno esperaría: al comienzo del psicoanálisis está la transferencia —cita ahí a Lacan—, no la demanda de terapia. No es que alguien decide ir a terapia y ahí, recién ahí, se genera algo con el analista. Es al revés: algo se mueve primero, en silencio, sin que la persona lo note como un movimiento, y la decisión de escribir es apenas la consecuencia tardía.

Los tres tiempos: del síntoma al sin-sentido

Para explicar ese movimiento previo, Miller describe una secuencia en tres tiempos, aunque nadie los vive como una secuencia ordenada mientras los atraviesa. En el primero, lo que después va a llamarse síntoma ni siquiera se distingue como tal —se confunde con la vida misma, con así soy yo o así es mi trabajo, sin ninguna fisura. En el segundo tiempo aparece algo que antes no estaba: una rajadura, un momento en que esa explicación de siempre deja de alcanzar. Miller usa una palabra precisa para esto: sin-sentido —no la ausencia de significado en general, sino el instante puntual en que algo que tenía sentido (aunque fuera un mal sentido, como estoy estresado) de golpe no lo tiene más, y eso se vive como un choque con algo que no se puede seguir explicando desde el guion habitual. Recién en un tercer tiempo ese sin-sentido se convierte en demanda: se busca a alguien, se pone en palabras, se pide ayuda.

La imagen del cristal: una solución metaestable

Para pensar cómo un proceso tan largo puede desembocar en algo que se siente tan repentino, Miller usa una imagen tomada de la química: la de una solución metaestable. Es una solución que, en apariencia, está en equilibrio —no pasa nada, no hay señales de que algo esté por cambiar— pero que en realidad ya está lista para cristalizar, cargada de esa posibilidad, aunque nada lo muestre todavía. Alcanza con introducir un pequeño germen —una partícula mínima— para que la cristalización arranque y se extienda sola, en cadena, hasta convertir toda la solución en cristal. La escena con la compañera de trabajo no creó nada nuevo en Nicolás. Fue el germen que hizo visible, de golpe, algo que ya estaba en esa solución desde hacía meses, en equilibrio inestable, esperando el estímulo mínimo.

¿Cuándo es el momento de consultar?

Esto cambia el lugar desde donde muchos se preguntan si ya es momento de consultar. No hay una vara objetiva, un umbral de gravedad que separe lo que amerita terapia de lo que no. Lo que hay es ese segundo tiempo —a veces una escena mínima, casi vergonzosa por lo desproporcionada— en el que algo deja de tener la explicación que venía teniendo. El tiempo que pasa entre esa rajadura y el mensaje finalmente enviado no es tiempo perdido: es, muchas veces, el tiempo que tarda una solución metaestable en encontrar su germen.

¿Eso significa que debería haber consultado antes?

No necesariamente —significa que el proceso no se apura desde afuera. El llamado llega cuando el sin-sentido ya encontró su punto de cristalización, no antes; adelantarlo por decisión pura casi nunca funciona, porque todavía no hay nada, en ese momento, que se sienta lo bastante extraño como para nombrarlo.

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