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Forclusión en Lacan: lo que no se reprime ni se olvida

hace 2 horas

Cuando algo se olvida, sigue estando. Lacan encontró otra cosa: algo que nunca llegó a entrar y que, cuando aparece, parece venir de afuera.

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¿Qué es la forclusión en psicoanálisis?

La forclusión es la palabra que usa Lacan para algo que no se reprime, sino que directamente no llega a entrar. Lo reprimido se olvida pero sigue guardado: vuelve en un sueño, en un lapsus, en un síntoma. Lo forcluido, en cambio, nunca estuvo adentro, y cuando reaparece lo hace desde afuera, como una voz o una certeza que la persona no siente como propia. Lacan la usó para pensar la psicosis.

Pasa todos los días: el nombre de alguien que te cayó mal y que justo no te sale, la palabra que se te cruza cuando querías decir otra, el momento en que llamás a tu pareja por el nombre de un ex. Freud mostró que esos olvidos y esos tropiezos no son azar. Son cosas que quedaron guardadas, fuera de la vista, y que encuentran la forma de asomarse. A eso lo llamó represión, y es lo que hacemos todos, todo el tiempo.

Lacan se detuvo en otra cosa, mucho más rara: no algo que se guarda, sino algo que nunca se guardó porque nunca llegó a entrar. Para nombrarlo eligió una palabra que viene del derecho. En la justicia francesa, forclusion es perder un derecho por no haberlo reclamado a tiempo: el plazo venció y ya no hay vuelta atrás. Lacan la tomó para traducir un término de Freud, Verwerfung, que significa rechazo, y le dio un sentido propio.

¿Es lo mismo la forclusión que la represión?

No, y la diferencia se entiende con una casa. Reprimir es cerrar con llave una habitación que existe: está ahí, sellada, y de vez en cuando se oyen ruidos desde adentro. La forclusión es una casa que se construyó sin esa habitación. No hay puerta que abrir ni llave que buscar, y lo que debería haber estado ahí aparece de golpe afuera, golpeando la ventana. Por eso la persona no lo vive como un pensamiento propio, sino como algo que viene del mundo.

Para entender qué es lo que no entró, conviene empezar por lo que no es. El Nombre-del-Padre no es el papá de carne y hueso, que puede estar o no estar, ser bueno o ser terrible. Es una función, y puede encarnarla cualquiera o cualquier cosa. Un bebé empieza su vida pegado a su madre, que para él es todo. Pero esa madre, además de cuidarlo, desea: tiene un trabajo, una pareja, preocupaciones, un cansancio, cosas que la ausentan y la inquietan. El bebé lo percibe sin entenderlo y se pregunta, a su manera, qué querrá ella, qué le falta, qué tendría que ser él para completarla. Es un enigma, y puede ser un enigma peligroso: Lacan lo comparó una vez con estar en la boca de un cocodrilo, sin saber cuándo se cierra.

Algo tiene que ordenar ese enigma. Lacan lo llama función paterna: un "no" que pone un límite, que dice que no todo es madre e hijo, que hay una ley que vale para los dos y que el deseo de ella pasa también por otro lugar. Esa operación saca al niño del lugar de objeto de la madre y lo habilita a ser alguien que habla. No necesita un padre presente: puede sostenerla una abuela, una regla de la casa, una palabra que alguien dijo en el momento justo. Lo que importa es que se inscriba, es decir, que quede registrada en el lenguaje del niño como un punto de referencia. Lacan la comparaba con el botón que sujeta una tapicería: sin él, el relleno se mueve.

Cuando ese punto de referencia está, las palabras quedan amarradas a lo que significan, incluso cuando son ambiguas. Si alguien te dice "tenemos que hablar", no sabés qué quiso decir, te preocupás, imaginás varias cosas y, con todo, seguís: la duda no te desarma, porque algo sostiene que una frase puede significar varias cosas sin que el mundo se vuelva amenazante. Cuando ese punto de referencia no está, las palabras pueden quedar flotando sueltas. Una frase escuchada al pasar puede parecer dirigida a uno, con un peso enorme y sin que se sepa de qué. Una palabra puede cargarse de un significado que no se logra explicar, pero del que no se duda. El lenguaje, que para casi todos es un terreno firme, se vuelve algo que hay que descifrar todo el tiempo.

Esto no significa que cualquiera que alguna vez sintió que una canción le hablaba a él, o que escuchó su nombre entre el ruido, esté en esa situación. Son experiencias fugaces que casi todos tenemos y que no dicen nada por sí solas. Lo que describe Lacan es otra cosa: un funcionamiento estable del lenguaje, que se sostiene o se desarma según las circunstancias de una vida.

Que ese punto de apoyo falte no se nota necesariamente, ni implica estar mal todo el tiempo. Hay quienes pasan años, a veces la vida entera, trabajando, queriendo y creando con total normalidad, sostenidos por un oficio, un vínculo, una manera de ser que les hace de apoyo. A veces algo cambia ese equilibrio: un ascenso, un hijo, una pérdida, un llamado a ocupar un lugar de autoridad. Es lo que le pasó, según Lacan, a Daniel Paul Schreber, un juez alemán que entró en crisis poco después de ser nombrado presidente de sala en una corte de apelaciones. Sus Memorias de un enfermo de nervios, donde cuenta el delirio con el que reconstruyó el mundo, fascinaron a Freud y a Lacan.

Para Lacan, entonces, el delirio no es un desorden sin sentido, sino un intento de ordenar lo que no tiene dónde anclarse. Por eso, en la orientación lacaniana, tratar a alguien con psicosis no consiste en corregirlo ni en convencerlo de que está equivocado: consiste en escuchar con cuidado las soluciones que esa persona encontró, y acompañarlas.

La palabra anda suelta por fuera del consultorio. Se habla de forclusión política, de forclusión social, de gente forcluida del sistema. Son usos que toman la idea de "dejar afuera" sin su sentido técnico. Para Lacan no se trata de que alguien te deje afuera desde afuera, sino de algo que ni siquiera llegó a inscribirse adentro.

Si te intriga cómo algo que no se inscribe en el lenguaje deja marca en una vida, hay otra fórmula lacaniana que tampoco es lo que parece: la analicé en ¿Qué significa "no hay relación sexual" para Lacan?. Y para ver cómo se arma la imagen con la que cada uno se reconoce, está Estadio del espejo: por qué no te ves como te sentís.

Volviendo a la palabra de los tribunales: en el derecho, un derecho se pierde porque pasó el tiempo y nadie lo reclamó. En psicoanálisis no hay culpa de nadie ni plazo vencido. Hay una manera en que se armó cada uno, y lo que importa es cómo se las arregla con eso, una razón más para escuchar caso por caso antes de decidir qué es normal y qué es raro.

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